La amarga realidad de la diabetes en días de COVID-19

“¡No se te ocurra salir ni a la esquina, papá!”, me amonestaron mis hijos con severidad. No les faltaba razón: además de los peligros que todos afrontamos en esta pandemia, su padre es una persona con diabetes. Y de acuerdo con todas las recomendaciones de la OMS, gobierno peruano y especialistas, pertenecemos al grupo de mayor riesgo mortal si nos contagiamos del COVID-19. Pero ¿bastará con ese aislamiento? Anoche que me tocó colocarme la insulina glargina con que mi cuerpo compensa la ausencia natural de esta sustancia, tuve un mal presentimiento: ¿y si no encuentro las medicinas que necesito?

En el mundo, la diabetes causa al año 1,6 millones de muertes, además de otros 2,2 millones por glucosa elevada o prediabetes. La prevalencia de esta enfermedad en el Perú no es moco de pavo. Y ha ido in crescendo desde 2010, en que afectaba a 4 por ciento de la población. La cifra llegó a 7 de cada 100 en 2019, y a 8 de cada 100 en el caso de Lima. Entonces, de acuerdo con cifras oficiales (entre diabéticos –2 millones– y prediabéticos –9 millones con niveles de glucosa sobre lo normal–), 27 por ciento de la población vive en situación de peligro frente al coronavirus. Once millones de peruanos en alto riesgo.

27 por ciento de la población del Perú vive en situación de peligro ante el coronavirus por la diabetes (Foto: Andina)

Muy consciente de esta realidad, el endocrinólogo Rollin Cruz Malpartida, ángel que me salvó la vida hace un par de años cuando me enderezó los niveles de glucosa y descubrió que mi páncreas ya no producía más la sustancia, me envió hace unos días un video por Whatsapp para alertarme de los cuidados que debíamos tomar las personas diabéticas. La información señala que tenemos una alta vulnerabilidad al coronavirus, pues este prospera en un ambiente de glucosa elevada, lo que hace más difícil y lenta la recuperación. Por eso se recomienda, además del aislamiento, realizar controles permanentes de los niveles de glucosa, mantener una buena alimentación y contar con medicamentos para treinta días, en la medida de lo posible.

Tocaba entonces ver qué tan factible era atender esos consejos. Para realizar controles permanentes de glucosa, debemos contar primero con un glucómetro –tengo uno gracias a un regalo de mi hermano–, pero además con las tiras reactivas, que cuestan alrededor de 120 soles la caja de 50 (o sea, 1 caja cada 50 días si solo se hace un control). Si no, a la posta, hacer colita para que la midan. Para la alimentación, siempre hay maneras de comer saludable sin demasiado dinero, aunque eso no sea suficiente, pues el ejercicio físico aeróbico y anaeróbico es el que más ayuda a controlar los niveles de glucosa y en muchos contextos eso es difícil de realizar (viviendas de una sola habitación pequeña en que solo cabe una cama, por ejemplo), claro que no imposible.

Pero ¿y las medicinas? ¿Qué si no compré lo suficiente antes de la inmovilización? ¿Cómo conseguirlas si vivo solo y debo permanecer aislado más que nadie? Claro, la respuesta sería ¡EsSalud! Pero en mi caso, aunque tengo cubiertos 8 meses del año con ese seguro (el resto se supone que tengo latencia, pero siempre es un dolor de cabeza para un independiente acudir a un centro de salud y que al final no te atiendan porque el sistema no registra a la empresa o aparezco como cesada), nunca he podido usar los servicios de la seguridad social porque sencillamente no consigo cita por la vía regular y me resisto a usar mis contactos como comunicadora para que mis amigos me consigan una cita de favor, una cachetada a otras diabéticas como yo.

Para un adecuado control es necesario medir frecuentemente el nivel de glucosa con un glucómetro (Foto: Andina)

Durante un tiempo (un año), usé un seguro privado, una EPS. Sanitas, para ser específico, porque era el más barato y estaba a mi alcance. Para recibir atención y medicinas en mi condición de persona diabética y con hipertensión, me inscribí en el programa de enfermedades crónicas: craso error. Cuando quise renovar la póliza, me avisaron que el monto mensual se duplicaría por “alta siniestralidad”. Es decir, estas aseguradoras esperan cobrarte mes a mes para que no te enfermes. Si te enfermas, te fregaste, te suben la póliza. Tuve que dejarla y, desde entonces, debo comprar mis medicinas de mi propio bolsillo.

“Ah, pero eso es un caso particular”, dirán algunos. Pero responderé que, aunque formo parte de la minoría con estudios técnicos o universitarios que se supone tienen un ingreso cuanto menos superior a los 1300 de la línea de pobreza, soy parte de los 9 millones de peruanos que nos sostenemos como independientes o semindependientes, echando mano de los malabares del pluriempleo para poder sobrevivir. Sí: esos que ahora no sabemos ni como pagaremos las cuentas. Esos que la ministra de Economía califica como “menos vulnerables” con su calculadora en la mano. Así que no: ya que somos 11 millones de diabéticos y prediabéticos, mi realidad no es un caso particular.

Listo a seguir reventando la tarjeta de crédito, entendí que la única solución sería intentar con los deliverys de farmacias, porque salir a buscar insulina y Metformina sería desvestir un santo para vestir a otro, exponerme a un riesgo mayor buscando cuidar mi salud. Mi sorpresa fue mayúscula cuando esta mañana me bajé el aplicativo de las dos cadenas más grandes: MiFarma e Inkafarma. Al ingresar “Insulina glargina Toujeo” en su buscador, sobre la foto de este aplicador en lapicero y el precio de alrededor de 120 soles (que a mí me alcanza para 20 días de aplicación) me quitó la respiración un sello terrorífico: AGOTADO. Sí, la medicina “exenta” de impuestos y de primera necesidad para todos los insulinodependientes, no existe en el stock de las principales cadenas de farmacias.

¿Salieron todos los diabéticos a acaparar insulina como si fueran papel higiénico? No lo sé. Lo cierto es que toda mi familia y entrañables amigos a quienes agradezco con lágrimas, al leer mi posteo en las redes sociales se pusieron en campaña buscando en otras farmacias y cadenas más pequeñas, hasta que encontraron dos unidades en la célebre Farmacia Universal. Luego, una exalumna, con una generosidad que me hizo llorar más, me avisó que trabaja en una de las grandes cadenas y que había identificado un lapicero en una sede en La Molina, que la pidiera, que cualquier problema le avisara. Como ya había encontrado dos lapiceros, decidí no echar mano de esa noble oferta, porque otra persona diabética como yo seguramente la necesitaría; ya tenía dos para los próximos 40 días.

La insulina glargina es una versión de generaciones más recientes, de larga duración, que evita los peligrosos y mortales bajones de glucemia que se producen en dosis altas como la que yo necesito con insulinas de generaciones más antiguas como la Humilin, que es la que entrega el sistema de salud pública (Minsa, EsSalud) y que cuesta la mitad. Siempre es una opción, pero en mi caso, con la severidad de mi diabetes, también un riesgo. Adicionalmente, la Metformina rara vez se encuentra en genérico en las cadenas de farmacia, y la diferencia es abismal: de marca puede costar hasta 120 soles una caja de 30, mientras una caja de 100 en genérico puede costar 20 soles.

La diabetes es un problema de salud pública tan grave que hoy somos los que padecemos esta enfermedad los más propensos a morir por contagio del COVID-19, junto con ancianos y pacientes de otras enfermedades crónicas. Sin embargo, es evidente que, ante ella, no existe un verdadero plan desde el Estado. Requiere sí un cambio de hábitos en los pacientes, pero también de condiciones que permitan implementarlos. Porque con 11 millones de diabéticos y prediabéticos, y el dato cruzado de 9 millones de trabajadores independientes sin ninguna cobertura de salud y alta vulnerabilidad económica, resulta solo una panacea y un verso requerir nada más que aislamiento para no engrosar las filas de la mortalidad en esta pandemia y en otras que puedan presentarse luego… si sobrevivimos.

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