Desafíos desde la cuarentena: El dulce encanto del yoga para los diabéticos

Para todos, la cuarentena –convertida en sesentena en el Perú– ha sido un verdadero reto no solo por los aspectos económicos, laborales, académicos o familiares, y por supuesto para la salud: también desde el punto de vista físico y emocional. Pero ese desafío se ha duplicado para nosotras las personas diabéticas y quiero contarles de qué manera el yoga se convirtió en una herramienta inmejorable para sobrellevar la reclusión.

En una crónica anterior para PULSO, a inicios del aislamiento, narré las vicisitudes que debemos sortear para conseguir nuestras medicinas, en especial, insulinas de nueva generación como la glargina. Mientras escribía, la emoción trepaba a mi tutuma, y después de colocar el titular y entregarla para su publicación, pude sentir claramente cómo mi cuerpo entero había sufrido el embate de esa desazón y mi estado de ánimo caído por los suelos.


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El glucómetro lo confirmaba: aunque había amanecido con una concentración de glucosa en sangre que no pasaba los 110 mg/dl (miligramos por decilitro), a esas horas de mediodía, pese a haber ingerido un desayuno y media mañana adecuados, los niveles de glucosa se habían disparado. En días sucesivos, pese a mantener las proporciones de la dieta de acuerdo con las recomendaciones médicas, un desequilbrio se había instalado en mis mediciones.

¿Salir en busca de atención médica cuando las emergencias de los hospitales empezaban a abarrotarse de contagiados del COVID-19 y exponerme como persona en riesgo? Esa no era una opción desde luego, menos todavía cuando una solo cuenta con el aseguramiento de EsSalud, sobrepasada por la emergencia sanitaria.

“Ya me habían hablado sobre el yoga y sus virtudes en el manejo de la diabetes, pero los prejuicios me habían alejado por su aparente pasividad” (Foto: internet)

Debía buscar alguna alternativa que me permitiese manejar no solamente los niveles de glucosa, sino también de ánimo, que se sabe bien cómo interactúan en el caso de las personas diabéticas –e hipertensas, además, en mi caso– en especial. Yo suelo realizar como actividad física las caminatas: puedo hacerlas por una o dos horas sin problemas. Pero rehuyo a los ejercicios cardiovasculares en recintos cerrados porque me producen estrés, así que realizarlos en un minidepartamento no era tampoco algo que me entusiasmase mucho. Ya me habían hablado sobre el yoga y sus virtudes en el manejo de la diabetes, pero para ser sincera, como sucede a muchos, los prejuicios me habían alejado de esta actividad de aparente pasividad. No sabía en realidad de lo que hablaba.

Esta vez, entre las alternativas, ninguna me pareció tan pertinente por no solo acometer el aspecto físico, sino también psíquico. Además, hallé el respaldo de muchos estudios científicos realizados años atrás, como el del doctor Monro, bioquímico fundador del Instituto de Yoga Biomedical Trust, el del Centro de Investigación y Yogaterapia de Jaipur (1961 a 1984), o el libro Yoga & Diabetes de las dietistas Annie Kay y Lisa Nelson, publicado bajo patrocinio de la reconocida Asociación Americana de la Diabetes.

¿Cómo empezar? Felizmente, hoy tenemos YouTube y podemos encontrar tutoriales de todo lo que podamos imaginar. Recorrí la red social, intenté varias rutinas, pero la que me enganchó fue la que propone Elena Malova –instructora de Vinyasa Yoga y entrenadora rusa radicada en Chile desde 2009– a sus más de 2,1 millones de suscriptores. Graduada en la Universidad Católica de Chile y una de las colaboradoras del equipo nacional chileno de nado sincronizado, me capturó su didáctica, empatía y sentido práctico para afrontar el aprendizaje del yoga, con metas realistas para cada principiante

Elena Malova tiene más de 2,1 millones de suscriptores en YouTube (Foto: Instagram Elena Malova)

Al principio, lo primero que se vino abajo fue mi prejuicio sobre la pasividad de sus movimientos: lo involucra todo. Me enteré de que ahí, a lo largo y ancho de mi cuerpo, existían músculos a los que no tomaba atención ni recordaba desde la niñez, pero sin el dolor traumático que acomete tras la primera sesión en el gimnasio. Todo lo contrario, con una gratificación corporal enorme: casi escuchaba los aplausos de mi cuerpo agradecido. Fue tan satisfactoria la experiencia que, al día siguiente, muy temprano, estaba ahí de pie empezado las respiraciones para la segunda sesión de principiante.

Tras cerca de 40 días puedo decir que sigo en la misma rutina, una y otra vez, tratando de perfeccionar las posiciones (asanas). El primer día ni doblando las rodillas pude realizar la Padahastasana: inclinarme sobre mis caderas hasta alcanzar mis pies con las manos. Ahora ya consigo hacerlo con las rodillas apenas dobladas. Espero alcanzar la posición correcta en unos meses quizás. Eso es lo que Elena Malova en particular transmite: que no hay apuros, que hasta donde llegues, estará bien siempre que lo intentes.

Asana Padahastasana: se realiza estirándose hacia delante y permaneciendo de pie sobre las propias manos (Foto: Yogatek)

¿Dio resultados? Hubo algunos inmediatos, como ayudarme a dejar el estado lacrimógeno oceánico y conseguir levantarme de la cama y tenderla antes del mediodía en las primeras semanas de encierro. Otros fueron llegando: una sensación de bienestar profunda que se prolonga por el resto del día, gratitud en el alma. Ahora, agilidad, concentración, equilibrio, motivación… tanto que hoy, después de muchas lunas, consigo escribir con la misma pasión que lo hacía desde hace 33 años.

Lo que es mejor: mis niveles de glucosa se han normalizado. No más hinchazón de los pies y tobillos. La piel tonificada y más firme, la postura más recta –al fortalecerse los músculos del abdomen y la zona lumbar– con el consiguiente descanso. Mejor sueño. A veces, incluso, cierto inexplicable entusiasmo… y como dice el cantautor español El Kanka en su tema Qué bello es vivir, “y no es el efecto de alguna cosita que yo sin querer me haya fumado”.

Así que ya saben, si quieren salir del pasmo de la sesenta y afrontar lo que se venga por lo menos con un mejor talante, ahí está nuestro amigo el yoga. Y si eres diabético o diabética, no te arrepentirás del dulce encanto de esta disciplina ancestral.

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