Desafíos de la cuarentena: Oído a la música durante la cuarentena

Con perfecta dicción y acento uruguayo, don Emilio Laferranderie “El Veco”, aludía a este refrán popular cuando había que tomar suma atención a alguna situación futbolística. Pero yo de fútbol sé tanto –y menos– como de física cuántica, y es muy posible que la mayoría de milenials y centenials ni siquiera hayan escuchado sobre el legendario periodista deportivo que radicó muchos años en Perú. En cambio, sí puedo hablar con absoluto conocimiento de causa acerca de cuánto y cómo la música puede ser ese fiel aliado al que abrazarse cuando el aislamiento voluntario arrecia con su golpe al corazón y la mente, y la tristeza, angustia, melancolía y demás yerbas emocionales amenazan con hacernos sucumbir. Y a veces lo logran.

No había advertido que este podía ser un tema pertinente para Pulso hasta que la Universidad de Piura nos hizo llegar una nota de prensa acerca de investigaciones científicas que comprueban cómo tocar un instrumento musical “puede activar un mecanismo inverso al que se produce en el organismo ante situaciones estresantes, desactivando así la respuesta física que se produce ante el estrés y favoreciendo la salud física y emocional”. El director de la Big Band de dicha institución, Alfredo Carrasco, señala: “El poder tranquilizador de la música está bien establecido. Tiene un vínculo único con nuestras emociones, por lo que puede ser una herramienta de manejo del estrés extremadamente efectiva”.


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Hasta las funciones fisiológicas mejoran cuando se toca un instrumento, continúa la nota: disminuye el pulso, la frecuencia cardíaca, la presión arterial y los niveles de las hormonas del estrés; permite incrementar la autoconfianza, favorece la concentración y ayuda a ejercitar la memoria, mejora el estado anímico, disminuye el estrés, nos relaja y aleja las presiones y tensiones; beneficia la plasticidad del cerebro, lo cual incremente la creatividad y rapidez ante los problemas cotidianos. Y, por si fuera poco, incrementa la inteligencia espacial y las habilidades del lenguaje.¿Qué más se le puede pedir?

La Universidad de Piura cita además la investigación realizada por el doctor Barry Bittman, director general del Centro Médico Mente-Cuerpo de bienestar, en Meadville, Pensilvania; de acuerdo con el estudio, ni siquiera es necesario tener conocimientos, técnicas o destrezas musicales para que la música obre su prodigio. Claro, de acuerdo con el director Carrasco, la música clásica es la más recomendada, pero en realidad cualquier género es apto.

¿Es verdad tanta belleza? Como les decía, no hablo tanto por ciencia como por experiencia. Aunque canto desde que tengo uso de razón y mis tías me torturaban en cuanta reunión familiar hubiese, aprendí a tocar por primera vez un instrumento a los 15 años. Con insistencia que rondaba el fanatismo, me refugiaba en la iglesia; pero no por piedad, sino por interés, pues era el único lugar en que había una guitarra disponible para darle al tundete, que es como se aprende inicialmente para agarrar ritmo. Imitar la posición de los dedos de los que ya sabían y eran unos roñosos que no querían enseñar, ese fue el camino.

El resto vino solo, escuchando música e imitando, porque cuando apenas te podían pagar el colegio, hablar de clases de música era una utopía, y entonces no existía Youtube con sus benditos tutoriales. La máxima aspiración era comprar un Funky Hits, cancionero que venía con los últimos éxitos de la música disco y el rock en inglés, con acordes y punteos que jamás conseguí descifrar.

Pasaron los años (casi 40), y mirando hacia atrás descubro que esa guitarra me estuvo acompañando en muchas oportunidades, “silenciosa”: en la adolescencia disfuncional distrayendo mis congojas; en la universidad para no entrar a clases; con mis hijos para componerles tristes canciones sobre perritos abandonados hasta hacerlos llorar; con mis amigos de toda la vida y del rock de juventud para tener una razón por la que brindar de nuevo; para cantarme frente al espejo cuando las cosas no iban bien y concentrarme en sacar esa canción de Sabina o de Serrat o de Charly García, y ya más recientemente, de Drexler o Aznar. “Silenciosa” dije, porque, a más de entregarme sus notas, jamás se quejó de mis olvidos cuando la vida sonreía, de dejarla guardada en su funda empolvada mientras yo me dedicaba a menesteres “más importantes”.

Así estábamos las dos hasta que llegó la cuarentena. Y me agarró más sola que un hongo. No hubo tiempo de acomodar las circunstancias, aquí nos encontramos mi guitarra y yo, cara a cara. Y a medida que pasaban los días, y todas las angustias y lejanías e incertidumbres se agolpaban en el alma y en las cuentas bancarias, no quedó sino prestarle atención, ella ahí en su clásico rincón solitario.

En los últimos seis o siete años, la había desempolvado con alguna regularidad, pero discreta. Las cosas empezaron a cambiar drásticamente con el primer golpe: “La cuarentena se extiende otros quince días”. ¡Diablos! ¡No puedo más con esta soledad! Y así, a oscuras en mi sala, un domingo lacerante, abrazada a ella y ella a mí, surgió una de mis primeras composiciones de la temporada: “Soledad, esto es así”. Y luego, una oda a mi guitarra: “Te quiero cantar, guitarra / no digas que no si sí / tú sabes que soy cigarra / a veces puedo dormir / tan plácida en mis laureles / tan dueña de mi ilusión / que duermes en mis cuarteles / de invierno sin ton ni son”.

No he parado. Dieciséis canciones propias listas para grabar. A más de unas veinte o treinta de mis cantautores favoritos (El Kanka, sobre todo, ¡benditas sean sus canciones salvadoras!). Y karaokes y transmisiones en vivo, y luego seguir desarrollando esta intimidad, este cariño sincero y leal, esta vocación por dejar que sus cuerdas amansen mis asperezas y serenen mi espíritu. No en vano ya en el siglo ocho o nueve antes de Cristo, relata la Biblia que el rey Saúl solicitaba la presencia de David y su arpa para que la depresión dejase de atormentarlo.

Podía haber sido una guitarra, un ukelele, un cajón, una quena, un charango, el triángulo o la puerta (o simplemente mezclar música, crear ritmos digitalmente con programas gratuitos que se bajan de internet, como hace mi hijo Carlos): cuando la música llega a tu casa, lo cambia todo. A mí me ha hecho sobrevivir a estos días de encierro insoportable, me ha levantado cuando he estado caído y me ha celebrado –hincha incondicional– cuando he logrado remontar el marcador. Inclusive mientras hago yoga con el sonido de la naturaleza (reproducido virtualmente) A ti te puede ocurrir lo mismo. Felizmente hoy tenemos a nuestro amigo YouTube: ahí encontrarás cientos sino miles de tutoriales sobre cómo empezar a tocar el instrumento que tienes a la mano. Cualquiera. Con tu música favorita.

No te pierdas esa oportunidad, y si esta cuarentena interminable se ha convertido en una tortura china para ti, ojo con el consejo de la Universidad de Piura y el mío. Oído a esa música.

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